El señor Ramón vivía justo al lado. Siempre usaba pantuflas de osito, tomaba café en una taza que decía “El rey de la siesta” y tenía un bigote que parecía un gato dormido. Mateo lo adoraba porque el señor Ramón siempre inventaba juegos raros.

Mateo apretó. El sillón soltó un sonido de ¡pffffft! y lanzó un chorro de chispitas de colores que aterrizaron suavemente en el tendedero de la azotea. Allí colgaban las medias de rayas del señor Ramón y un par de calzones con estampado de sandías.

Así comenzó .